Soa el mago

I

Luego de la catástrofe de antes de las edades, cuando las tierras se apartaron y brotaron las aguas de sus fuentes originales, los altos hombres de las estepas, los hijos de Ref, buscaron cobijo más allá de su patria. Cuando llegó la noche, el tiempo se dio a la marcha y su curso alteró los rostros y las cosas. Todo envejeció y la inmutable progenie de los primeros hombres se encontró perdida, en un territorio transfigurado que los expulsaba. Cuando el cielo se oscureció, los hijos de Ref conocieron el temor de la penumbra y de las sombras acechantes, y huyeron.

Soa, El Mago

Cuando clareó la mañana por vez primera eran tan viejos y distintos que la duda los paralizó. ¿Cómo dirigir la voz y extender las manos hacia miradas y semblantes que sugerían apenas una remota familiaridad? ¿Quiénes habían sido? ¿Acaso no fueron ellos indistintos de un todo inmóvil, en medio del cual, absortos, contemplaban una luz incesante que estaba afuera y dentro suyo?

Antes de la noche, los hijos de Ref veían la cara de Dios en la inalterable concavidad celeste, y luego la perdieron.

La primera noche del mundo los sumió en la orfandad y la extrañeza; los despedazó en formas individuales, desnudas y hambrientas. El reconocimiento simple de las cosas los abandonó y en su lugar apareció la inconstancia de la evocación. El mundo, otrora uno e indistinto, se pobló de velos y fatua diversidad. Así, los altos moradores de la estepa, apesadumbrados y sin sitio, iniciaron su vagar por prados fértiles que se transformaban en desierto.


II

Soa, El Mago

Soa, el primero de su nombre, quien entre sueños conversaba con el muerto Ref, anunció un mediodía que las voces de la arena le hablaron de un manantial oculto tras las lejanas montañas. Mah, altivo cazador, el de brazos fuertes, se burló de las fantasías de su hermano. Había oído a Soa debatiéndose solo en la oscuridad, sollozando y riendo, entonando cantos atroces e inescrutables. Para Mah, Soa perdía la cabeza viendo las hogueras en el cielo, evitando la carne y la comunión con una hembra. ¿Cómo confiar en quien no buscaba su propia comida y no multiplicaba a los suyos?

Soa, El Mago

Tras varios sueños con un claro manantial entre rocas tornasoladas, Soa, cantor de las estepas, exhortó a su gente a emprender un viaje en busca de las lejanas montañas. Les habló a sus parientes de los verdes y ricos parajes aledaños a una fuente de cristalinas aguas que calmaría la sed de la familia, que preñaría con su fuerza a las tierras circundantes. Como las gentes, que vienen del vientre de la hembra, también la tierra es fecundada por la semilla de Ref, decía Soa. De la tierra brotaría la carne para la raza venidera. El cantor repetía extático las frases murmuradas por los niños de la arena y los espíritus de las hierbas fuertes, que le hablaban de otras edades, de otras gentes que caminaban bajo el mismo sol, portando vestidos luminosos y varas doradas. A pesar de las protestas de Mah, la tribu creyó en los vaticinios y espléndidas imágenes que cantaba alborozado Soa.

Vientos favorables y cálidos colmaron de buen ánimo a los fuertes hijos de Ref. Una tarde soleada alcanzaron los lejanos montes de la región que sería llamada Philmonia. Junto a un lago en el que los patos medraban, había una elevación cubierta de frondosos y altos árboles. Allí los hombres morenos de las estepas hallaron quietud y buena caza. Mah consideró propicio el lugar y detuvo la marcha.

Esta vez el pueblo de las estepas no oyó las promesas de Soa. El fuerte cazador conminó al grupo a pasar los días que les restaran en la tierra bienhechora, los llamó a que se proveyeran en esta nueva patria de alimento, a que lavaran sus pies en el lago transparente. Mah se instaló con sus mujeres e hijos en una enorme hendidura, entre rocas multicolores y frías, y en ese rincón del mundo aprendería los secretos de los minerales.

Al tiempo que Mah organizaba la construcción del asentamiento a la sombra del gran monte, Soa buscaba signos propicios para continuar su viaje. Las voces de los niños de la arena se apagaron, pero oyó otros sonidos, nuevas canciones lo alentaron a reemprender su viaje, a dejar a su hermano, sangre de su padre y de su madre; cerca del lago encontró un musgo que le habló de un camino que hallaría en dirección contraria a la salida del sol. Mah sorprendió a su hermano hablando a solas y mirando el oeste. Cuando Soa le contó que se marchaba, el valiente y fuerte Mah rompió a llorar. Le ofreció al soñador Soa un rincón cerca de la gran hoguera, el primer trozo del animal cazado y un cuchillo de roca verde, pero Soa rechazó estos dones. Luego de cinco noches, en las que reunió a trece hombres y sus consortes, Soa salió en busca del inagotable manantial tras las montañas.

Soa, El Mago

III

Soa, El Mago

A lo largo de varias jornadas Soa y sus compañeros rodearon el monte donde se instaló Mah, hasta que el camino fue interrumpido por una roca que se perdía en el cielo. Soa, que guardaba entre sus pertrechos un poco del musgo del lago, le susurró dulces palabras y lo acercó al oído. El musgo le dijo que debía trepar un árbol y arrancar una rama fuerte. Soa lo hizo sin demora. Luego comió un poco del musgo y sopló la vara que se extendió hasta el cielo. De modo que él y sus hombres treparon por la vara y pudieron pasar el obstáculo de la roca gigante.

Soa, El Mago

Tres noches pasaron y vieron a lo lejos un roble que también se extendía hasta el cielo. Una lengua luminosa, que nació de las nubes, lamió el árbol y los hijos de Ref vieron cómo el roble se convertía en una extensa pared de fuego.

Soa, El Mago

Un cuervo voló hasta el hombro de Soa y le habló al oído. Con tres plumas de su cola debía hacer un abanico y con él soplar la tierra para que una nube de polvo apagara el fuego. Soa confió en el pájaro oscuro e hizo lo que le ordenaba. Sopló la hoguera, pero la columna de fuego se hizo más monstruosa y aterradora.

Soa lloró, el cuervo graznó. El mago trató de golpear al ave con su vara, pero el cuervo se convirtió en una nube de moscas que arreció contra los compañeros de Soa.

Soa, El Mago

De nuevo, Soa buscó el musgo del lago y le susurró sus palabras, y luego lo acercó al oído. El musgo habló y Soa comprendió que la nube podría ser enemiga de sus hijos. Soa invocó las lenguas de agua. Cantó al aire, luego de comer musgo, y muchas nubes se agruparon en torno al fuego. La lluvia fuerte se desató, el fuego fue apagado y las malignas moscas dispersadas. Con la vara mágica los hijos de Ref treparon el roble ahora negro y salvaron el obstáculo humeante.

Soa, El Mago

Tres noches más pasaron y vieron a lo lejos a un hombre de roca que custodiaba el paso que ellos debían seguir. El gigante de piedra los avistó y se precipitó contra ellos para devorarlos. El monstruo mató a varios hombres y bebió su sangre. A Soa le quedaba un poco de musgo entre los dedos y volvió a hablarle, y después acercó esos restos al oído y memorizó un suave canto. Soa comió el musgo y tomó en sus manos tierra. Tres veces la sopló sobre su gente, que desapareció. Sopló en seguida sobre sus propias manos y sus pies, cinco veces sopló y recitó la última salmodia del musgo: saltó, saltó como un tigre ligero, y se trepó en la frente del gigante de piedra, que perseguía a ciegas a los hijos de Ref. Soa golpeó la frente del monstruo, cinco veces con sus manos, y éste se convirtió en arena, en una duna dorada de muchos kilómetros. Soa sopló con fuerza tres veces más y sus compañeros aparecieron. Les tendió su vara y juntos cruzaron la montaña de arena.

Soa, El Mago

IV

Tres noches más pasaron y Soa y sus compañeros divisaron a lo lejos unas tierras áridas. El mago de las estepas reconoció el paraje de sus sueños, pero sintió amargura: todo lo que alcanzaba su mirada estaba seco y muerto. Pocas hierbas crecían, las aves no cantaban.

Entonces, el mago de las estepas oyó un murmullo bajo una roca y la levantó. Una serpiente sonrió y le indicó un punto en el horizonte, donde moraba el cuervo Patah, allí, en un enorme nido hecho de huesos, piel y cabellos de gentes. La serpiente dijo al generoso Soa, el de muchas magias, que el nido ocultaba la fuente de todas las aguas y los misterios que hacen que brote la carne del suelo. Patah quería el manantial solo para él y devoraría a quien osara irrumpir en sus dominios para reclamar los dones del Cielo.

Soa, El Mago

Soa, que había guardado el nefasto abanico de plumas de cuervo, lo usó para volar hasta el nido de Patah. Un sitio negro y pestilente era la guarida del demonio graznador, de la sombra burlona que asesina viajeros. Soa, el cantor de las estepas, reconoció al cuervo embaucador, que no era sino Patah el malo, quien gritó y pidió sus tres plumas. El hijo de Ref, Soa, el primero de su nombre, le tendió el abanico al funesto pájaro azul, que sacudió tres veces su plumaje y recuperó las partes perdidas. Entonces, el cuervo saltó contra Soa y le arrancó los ojos. El pobre cantor se arrastraba en el suelo, lloraba y gritaba por su pena, porque lo negro le arrebató las formas y los colores. Entonces, abrió la boca y el cuervo voló hasta ella para arrancarle la lengua. Soa la cerró con fuerza y mató al pájaro mezquino. De esta manera Soa, quien engulló la cabeza del diablo, aprendió todos los cantos, conoció el Poema y perdió la luz y las formas.

Soa, El Mago

Con su vara, Soa rompió el nido de Patah y dejó que el manantial se arrastrara por el valle muerto en el que comenzaron a brotar las hierbas y las flores. Reverdecieron los arbustos y pastaron las bestias. Luego juntó las plumas del diablo Patah y se hizo con dificultad un nuevo abanico, con el que se impulsó por los aires hasta alcanzar el lugar donde lo esperaba su gente.

Soa, El Mago

El abanico fue llamado Flor de los Vientos y con él, el hechicero de las estepas desiertas trazaba signos mientras cantaba en todas las direcciones. Como Soa aprendió el canto y le fueron dados los secretos de las cosas, supo unir y desunir los materiales de los que está hecho el mundo y las gentes, y fue capaz de alzar moradas en torno al agua del manantial hurtado por Patah. El agua liberada se hizo río y las gentes la llamaron Eternidad.

Curso incesante de los cielos

pensamiento del dios susurrante

río que baña estas tierras del Norte,

nosotros, hijos del viejo muerto,

cantamos las antiguas tonadas

recitamos el poema original

porque el vengador de ojos marchitos

rompió el antiguo refugio del diablo.


V

A lo largo de varias generaciones, la progenie de Soa adoraría al río y sus reflejos, donde se ocultaban, según dicen, los nombres de las cosas, los regalos del dios muerto, porque los sonidos de las aguas eran el modelo de la música y la fuente de todas las palabras. Para este pueblo del norte, los hombres y las cosas de este variable mundo no eran sino reflejos del sueño imperturbable de Ref, y el río era símbolo de ese inagotable pensar del Creador.

Durante siglos Soa fue venerado como pastor ciego del pueblo, el de muchas formas y portentos, descifrador de la noche y de los signos velados a las gentes. Pero el culto a la figura del mago, al canto y al ruido de los seres entonado por el brotar del cosmos, un gran croar que no es otra cosa que el pensamiento de Ref, claudicaría con los años, cuando el pueblo de Soa aspirara a la conquista y la expansión.

Hablar de la raza de Soa, de la simiente del mago, no se ajusta estrictamente a los hechos, porque el ciego jamás juntó su carne con la de una hembra. Sin embargo, antes que Soa dejara su lugar entre los vivos y remontara el curso del río oculto –que, según dijo, es el verdadero pensamiento del dios–, reunió en torno suyo a un grupo de gentes que conformaría una nueva casta, los depositarios del secreto de los nombres y de la trama del mundo. Varias noches cantó Soa el Poema, entonó todas sus variaciones y sumergió a sus discípulos en imágenes de los días previos a la noche primera. Habló del sufrimiento y del errar de la vieja raza; del orden de las estrellas y de sus designios para los hombres, de los vaticinios en las entrañas de las bestias y de cómo la dirección de los vientos propicia los ritmos de la vida. Les enseñó la lengua del diablo y el arte de cambiar de forma, de ajustar a voluntad las causas y los efectos que anudan la filigrana de los seres. Muchas noches y días cantó el mago para revelarlo todo.

Soa, El Mago

Cuando Soa calló, el sol deslumbraba el mundo y nunca fue visto el mago tan transparente y ligero en medio de los suyos. Soa era una vasija rota, pues lo dijo todo y no había nada que agregar a lo dicho, porque lo dicho era el Poema. La carne de Soa, ya viejo y mudo, fue depositada, según su deseo antes del silencio, en un tronco hueco, que fue arrojado a Eternidad.

Soa, El Mago

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Carlos Granada

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