Renault 4: El Amigo Fiel - Ilustración de Marcia Díaz para Revista El Cachaco

Nuestro amigo el Renault 4

Amigo de la ciudad, amigo del buen andar, amigo de los amigos,Amigo de las alturas, las rectas y las curvas, amigo del sol también, Renault 4 amigo fiel.


-Jingle del comercial televisivo del Renault 4 en los setentas

Empecemos por describir su aspecto formal: el Renault 4 estándar era (y sigue siendo) un automóvil con dimensiones modestas: 1,50 metros de altura, 1,40 metros de anchura, 3,66 metros de longitud exterior total y una capacidad de carga de 330 kilogramos. La primera serie se creó en los colores marrón, rojo teja, gris, azul claro, verde missisipi, beige y blanco, siendo este último el tono del 80% de las unidades producidas. Nunca fue vendido como un objeto de lujo, ni siquiera se le caracterizaba en manuales y anuncios como un automóvil bello; de hecho, en países como España las campañas publicitarias resaltaban que su belleza era su mecánica, enfatizando sin pudor que lo importante no era que fuera bonito, sino que fuera resistente para poder desempeñar una función acorde a los requerimientos de la ciudad.

El R-4, el automóvil colombiano o el amigo fiel, como se le conoce aquí, es un objeto cuya trayectoria puede ubicarse en casi todos los ámbitos de relevancia social desde 1970 hasta hoy. Su unicidad ha posibilitado que la mayoría de las familias colombianas tengan un recuerdo asociado a él, y si no lo tienen, saben que se trata de un elemento que hace parte de su archivo social atándolo a alguna clase de referencia identitaria. Ha estado presente en la historia de apertura económica del país, del afincamiento del desarrollo técnico, de glorias deportivas, de escenarios más espinosos como el narcotráfico y hasta ha sido catalogado como uno de los objetos del museo imposible colombiano, porque pocas cosas pueden dar pistas eficientes de lo que somos con la coherencia asistemática —valga la pena el oxímoron— que personifica el Renault 4.

El Renault 4 en la punta de la pirámide, entre la 63 y la séptima

El automóvil es un objeto asociado por tradición a las dinámicas urbanas; su razón de ser se colmó de significado cuando el individuo moderno y burgués, ávido por recorrer esa conformación ambiciosa que significó la ciudad, accedió en las postreras del siglo XIX a un objeto que además de transportarlo generó en él una percepción distinta del espacio que habitaba, del tiempo que transcurría y del cuerpo en el que se inscribían esas intersecciones.

El auto, el coche o “el carrito” como le llamamos aquí, se ha establecido, no por menos, como el símbolo de la modernidad y de los imaginarios de progreso y eficiencia asociados a ella. El Renault 4 en muchos sentidos y para muchas personas se convirtió en esa promesa extraña de ingresar al mundo de la movilidad: movilidad ascendente cuando se trata de jerarquías sociales o movilidades sobre el espacio cuando se trata de recorrer más de mil kilómetros para conocer el Mar Caribe en el circuito Barranquilla-Santa Marta-Cartagena, sueño cumplido para tantos grupos familiares clase media.

Sin embargo, las primeras unidades del R-4 se vendieron entre las familias más pudientes de Bogotá quienes al reconocer en las vitrinas que ese automóvil extraño era el que habían visto rodar por las calles de las principales capitales europeas, decidieron comprarlo para enfatizar su afán de diferenciación en este, el país que había caído rendido en masa ante los encantos del styling estadounidense. No por nada los primeros anuncios encontrados en prensa a principios de la década del setenta mostraban al ama de casa chapineruna, montando el mercado comprado en Carulla en el baúl de un Renault 4 que habría de llevarla hasta su casa con todas las comodidades.

El Renault 4, un carro diseñado para la clase media francesa de la posguerra, había llegado específicamente a Bogotá como un automóvil para las poblaciones más adineradas; varias décadas tuvieron que pasar para que realmente se encontrara con la clase media y pudiera configurarse como símbolo de ascenso social y de movilidad entre otros sectores de la ciudad.

El Renault 4 sale de la ciudad, lejos de la capital

Si hay algo que define la ética de la clase media es la necesidad y, bueno, también la esperanza de movilidad social a través de la adquisición material. Ya bien decía Baudrillard que “el sujeto se aliena en el trabajo y se regocija en el consumo”. De allí que los grupos de clase trabajadora hayan incorporado el hecho de que la ostentación de ciertos bienes puede garantizarles, de igual forma, cierto reconocimiento y poder entre sus pares. Aún hoy el auto sigue siendo reconocido como un bien de consumo suntuoso, pues a pesar de las facilidades de pago existentes, culturalmente se le otorga la capacidad de exponer el éxito de su propietario, y si no, revisemos tantas y tantas expresiones populares como “le está yendo tan bien que ya compró carrito”, o por el contrario “le está yendo tan mal que ya le tocó salir del carro”.

A principios de los años ochenta, el Renault 4 se convirtió en el primer automóvil para varias familias de clase media. Su inclusión en estos colectivos también transformó las prácticas asociadas a él, y por esa razón la publicidad que había encontrado una nueva audiencia modificó de igual forma su discurso creando un personaje animado: el R-4, el amigo fiel caricaturizado con ojos y con boca, el que llevaba a la familia hasta la costa con una expresión de alegría contagiosa, mientras subía montañas y dejaba atrás los edificios de la gran ciudad.

La aparición de sistemas financieros como el UPAC, el Plan Multi-rombo y la compra de modelos del R-4 de segunda mano, amplío la posibilidad de adquisición de vehículo, lo que a su vez permitió que los viajes fuera de la ciudad conformaran la memoria en torno al carro como un habitáculo y como un integrante más de las familias. Nombres como Copito, Piolin o Abelardo responden al afecto que propietarios han manifestado por el carro que les permitió conocer el mar, o como en otros casos, no tan cándidos, coronar el primer cargamento de cocaína fuera del país; porque si hablamos de nociones de progreso, movilidad y fetichismo de la mercancía, tenemos que traer a colación la figura de Pablo Escobar quien encomendó expresamente la construcción de un pedestal (paradójicamente, junto a su colección de autos de alta gama) para el Renault 4 blanco con el que concretó su primer transporte de droga desde Envigado hasta Quito. Hoy, ese auto está en la hacienda-museo Nápoles.

La consolidación del ícono popular

El amigo fiel es denominado de esa manera gracias a la campaña publicitaria que lo posicionó en las cabezas de las personas como el auténtico “auto colombiano”. Los anuncios explotaron hasta la saciedad el argumento ficticio de que un auto ensamblado aquí era, por antonomasia, nuestro.

Si existe algún fenómeno que pueda declararse sin mascarada alguna como popular es la propaganda comercial. Su vocación masiva, sus estrategias narrativas y su principio de alta frecuencia han determinado por años los imaginarios colectivos de todo tipo de sociedades. En Colombia el registro publicitario del Renault 4 obró de forma tan efectiva que hoy, ese extranjero francés, se erige como personaje de nuestras historias, imagen de nuestros murales urbanos, referencia de los paisajes barriales que conocemos como propios.

En los noventa cuando varias de las unidades del R-4 habían pasado por uno, dos y hasta por tres dueños, su apropiación se dio en contextos más populares que adquirían el vehículo no solo como medio de transporte, sino como posibilidad de empleo informal. Según la OIT la informalidad es principalmente una forma urbana de hacer las cosas, cuya marca distintiva incluye empresas de propiedad familiar, la operación en pequeña escala y la producción con tecnología adaptada en un mercado no regulado y competitivo. Varios estudios en nuestro país han establecido las nociones de economía informal o economía del rebusque, una acepción que refiere a la necesidad de replantear, recuperar, resignificar lo que se tiene más próximo para asegurar una ruta hacia la supervivencia.

El porta bocadillo :3

Como respuesta a esta coyuntura el Renault 4 se ha transformado en escaparate ambulante, lo hemos visto en calles y carreteras vendiendo todo tipo de productos: merengones, camisetas, bocadillos, dulces, quesos y hasta zapatos y café. Como referencias prominentes puede identificarse “el carguambú” o el R-4 del “zapatero zoñador”, carros que han recorrido las calles de localidades como Kennedy, Antonio Nariño y Fontibón, afianzando la falta de protocolos del bricolaje popular que sobrepone la practicidad cotidiana a la estética académica.

A modo de cierre

Daniel Miller dice que la cultura material importa porque los objetos crean sujetos mas que lo que los sujetos inventan objetos. Fiel a esa sentencia, retomo con algo más de gracia lo que he intentado repensar en poco más de doscientas páginas, que es lo que tiene de extensión la tesis de maestría de la que se desprende esta meditación breve sobre el R4 en Colombia. Tesis que se detiene sobre problemas de la imagen menos flexibles para ser tratados aquí.

Esa tesis trata de entender cómo la publicidad y su relación con la ficcionalización del objeto industrial —un campo de estudio más bien bastardo en contextos intelectuales— pueden tener un chance de ser reivindicados como fenómenos del estudio estético e histórico. Generar la colección de anuncios y artículos de prensa desde 1969 hasta 1990, me permitió poner en evidencia la capacidad del capitalismo para generar de escenarios que ayudan a trazar la dirección de lo deseos y los imaginarios sociales y dinamizan la trayectoria de un carro, en deuda con este mundo sobreestetizado pero que paga con creces su espacio en lo que podría designarse el “hall de la fama de los objetos entrañables en Colombia”.

De ahí que otro elemento mucho más personal y menos elocuente completara la ecuación: la necesidad de corroborar tantas memorias alrededor de un objeto que resulta más que un ícono, alrededor, pues, de una experiencia. Recoger las historias, anécdotas y afectos de más de diez propietarios y coleccionistas fue reencontrarme con historias, anécdotas y afectos que se insertaban también en mi propia vida como en la de tantos otros individuos criados en Bogotá que habían lavado el carro al frente de la casa, o se habían varado en la vía hacia La Mesa-Mosquera o habían comprado alguno de los cachivaches ofrecidos en un Renault 4.

En suma, y a riesgo de ser acribillada por la ligereza o la osadía de sostener lo siguiente, afirmo de forma irresponsable que el R4 terminó siendo el automóvil nacional porque es tan complejo, fragmentario y contradictorio como aquello que podría intuirse como “lo colombiano”.

Claudia Valero, para la Revista El Cachaco

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