© Henri Cartier-Bresson

Ataque de risa

Suceden tantas cosas

que en todas partes algo sucede.

Donde quede piedra sobre piedra,

hay un vendedor de helados asediado por niños.

(…)

En los desfiladeros trágicos

el viento se lleva los sombreros

y, no podemos evitarlo,

nos produce una risa loca.

Wislawa Szymborska

Si pensáramos la historia como un extenso caudal que se petrifica, que se levanta en laberintos habitables; amplias paredes cuya fragilidad es la carencia orgánica dada como inflexibilidad de lo sólido; si allí, como se puede esperar, irrumpieran las grietas en bandada, ramificaciones en expansión que, al confluir en coordenadas concretas, proporcionan, luego, la ubicación exacta de una ruina. Se podría pensar (en algún momento) esa ruina como unicidad que rebasa, con sus pasillos transitables, la exactitud numérica -con pisadas recurrentes entre polvo de ladrillo y tierra, que van dejando huellas de contorno irrepetible. El sonido de esos pasos aproximándose convoca, entonces, a participar de una escena anclada en la geografía. La combinación numérica de las coordenadas ahonda, ahora, en lo mesurable, hasta llegar a los ojos y los nombres. La ruina se hace más campo de juegos que laberinto, en ella han crecido nuevamente los niños.

En la imagen, el enorme muro blanco deja de interponerse ante lo vivo. Desde el amplio agujero en la pared, forjado como imprecisión -lejos de la perfección de la arista del cuadro o el rectángulo- se hace visible la escena. Los bordes del agujero descubren el ladrillo, el grosor de la capa de pintura, pequeños cráteres que remiten a lo artificial del muro. La mirada y los pasos de los niños emergen de la ruina y antes o después de atravesar el agujero del muro, la interpelan y nos interpelan. Su gesto reclama el haber sido interrumpidos en la labor asidua de remover escombros con sus gritos de nombres que llaman a la urgencia del disparo (en el buen sentido) y la risa (como dicen: un ataque de risa); protesta por la irrupción en la seriedad de su oficio como restauradores de bosques, de caídas de agua, nacimientos fluviales que atraigan anfibios desconocidos, y donde se pueda ver nuevamente la presencia del jaguar; la nobleza de la risa.

Parece que contemplan al fotógrafo, pero un momento antes estaban corriendo y recogían piedras y escombro para proyectarlos en el aire. Una alegría violenta los llena de seriedad ante el intruso. Sin embargo, al fondo, casi en el límite de la mirada en perspectiva, se levanta un brazo con la intensidad de quien no se afana por ser visto; aquel no se ocupa del intruso sino de su propio alzamiento que sucede y le pertenece. Un brazo levantado que se proyecta, quizás también en forma de protesta, al igual que todo lo posible, desde un lugar único, hacia el resto de la tierra y del tiempo.

 © Henri Cartier-Bresson
© Henri Cartier-Bresson

Esta serie de écfrasis son producto de la visita a la exhibición de las 133 fotografías de Henri Cartier-Bresson que se realizó entre el 13 de mayo y el 28 de Agosto de 2017 en el Museo del Banco de la República.

Me gusta
mm

Adriana Tovar

En el intersticio. Sin llegar nunca. Como cuando todo en lo que se ha creído termina siendo, sí, pero al revés.

Agrega un comentario