No es el fin del mundo

No es el fin del mundo

Hace ya un invierno, caminando por el bosque a las afueras de Ushuaia, intentaba no mirar atrás. Me habían dicho que si lo hacía no iba a sacarme de encima la sensación de ser acechado. Pero si estaba en el fin del mundo, ¿había algo para ver adelante?

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Los que un tiempo creyeron que mi inteligencia irradiaría extraordinariamente, cual una aureola de mi juventud; los que se olvidaron de mí apenas mi planta descendió al infortunio; los que al recordarme alguna vez piensen en mi fracaso y se pregunten por qué no fui lo que pude haber sido, sepan que el destino implacable me desarraigó de la prosperidad incipiente y me lanzó a las pampas, para que ambulara, vagabundo, como los vientos, y me extinguiera como ellos, sin dejar más que ruido y desolación.

Un fragmento del diario de Arturo Cova, protagonista de La Vorágine, durante su periplo en medio de la fiebre del caucho en llano y selva tan profundos que ni siquiera hoy en día parecen existir fronteras, ni soberanía. Allí donde sólo llegaban los aventureros, los desesperados y los tiranos del caucho.

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En 1833 a bordo del HMS Beagle, Charles Darwin ve por vez primera los glaciares de Tierra del Fuego. Ante la imagen portentosa escribe en su diario: “many glaciers beryl blue most beautiful contrasted with snow”. No fueron sus palabras. Sólo atinó a usar las de Patrick Syme, pintor escocés reconocido por su trabajo como pintor de flores e ilustrador de libros de historia natural, cuya Nomenclatura de los colores llevaba consigo. En una maratón irredentista contra Chile, cincuenta y un años más tarde llegó el comodoro Augusto Laserre a fundar Ushuaia, por décadas la ciudad más austral del mundo. Con los años algunos asentamientos menores chilenos cruzando el canal Beagle fueron recibiendo cada vez más migrantes desde el continente. Uno de ellos, Puerto Williams, ha ido creciendo de tal forma que está disputando ese reconocimiento. Su eslogan: el verdadero fin del mundo.

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Vuelvo a la pregunta que abrió este texto. Cuando se llega al fin del mundo, ¿habrá algo para ver adelante? Supongo que es lo que se preguntaban los presos del penal que funcionó en la ciudad hasta 1947. O lo que rumiaba Cova en los confines de la Amazonía colombiana. Ante el exilio de la ciudad (voluntario o punitivo) parece que se agotan las palabras. Y es lo que nos preguntamos muchos, después del triunfo electoral que parece asfixiar las voces de los que históricamente no han tenido parte en el gobierno de Colombia. Pero así como Ushuaia no resultó ser el fin del mundo, lo que pasó el domingo tampoco. Los antecedentes nos acechan pero existe sur más allá del sur, esperando ser descubierto y descrito. Ese es el resto que nos queda por jugar en días venideros: hacer visible con nombres propios y apoyar la labor de aquellos que disienten, la voz que quiebra cualquier anhelo totalitario. No existe el fin. Todos los caminos son curvos.

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Daniel Ríomalo

Despertando al Rey Tinta. Viviendo en Buenos Aires

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