La Hortua (2011): Una imagen de ruina social

¿Ignoran por qué razón las ruinas agradan tanto? Yo se los diré; todo se disuelve, todo perece, todo pasa, solo el tiempo sigue adelante. El mundo es viejo y yo me paseo entre dos eternidades.

Denis Diderot

I

La Hortúa es un corto documental de Andrés Chaves del año 2011 que muestra el estado de abandono en el que se encuentran las instalaciones del Hospital San Juan de Dios, cerrado en el año 2001. Sin embargo, dentro de sus ruinas, habitan varias familias de ex-trabajadores del hospital que esperan que se les resuelva su situación laboral luego del despido colectivo. En términos técnicos, el documental consta de imágenes de archivo, planos fijos de las fachadas y de los interiores de los edificios en donde coexiste el abandono y la vida doméstica de sus ocupantes. Un buen trabajo de montaje, una propuesta en apariencia sencilla. Sin embargo, son 24:08 minutos de los cuales pueden surgir muchas lecturas.

La primera toma es una imagen de archivo: una fachada de arquitectura republicana en donde un letrero dice “Hospital San Juan de Dios”. Luego, entra una ambulancia, sacan a un enfermo que después está encima de una camilla rodeado de cirujanos y enfermeras que visten y manipulan antiguos utensilios de enfermería. Lo primero que se muestra es el pasado de este lugar, en una clara intención de contraste con las imágenes que componen el resto del documental.

Al darme cuenta de su carga histórica, del contexto que irrumpe tan fuerte, me voy a Google y busco la historia del hospital, que conozco vagamente. El punto esencial es el pasado glorioso del hospital: existe desde la colonia y para el siglo XX se convirtió en uno de los centros de investigación médica más importantes de Latinoamérica. Durante décadas fue orgullo de la ciudad.

Quizá los bogotanos cultísimos, esos que cultivan cierta nostalgia gris y de traje, sienten aún más cómo emerge la nostalgia de esas primeras imágenes. Encuentro en un grupo de Facebook una foto que pongo en relación con lo que estoy viendo, un segundo montaje mental que hago gracias a las redes sociales. En ella se ve una borrosa panorámica de 1965: hay muchos baldíos en lo que hoy es el atrabancado centro de la ciudad, y al borde inferior del recuadro, el antes glorioso San Juan de Dios. Es otra época, otro mundo que unos dicen recordar como mejor. Pero ese no es el asunto. Volvamos al documental, al presente.

Luego de estas imágenes de archivo, viene un corte y empiezan los planos fijos acompañados del sonido ambiente. Es una estética de la ruina: las fachadas derruidas de diferentes estilos arquitectónicos, los corredores solitarios, las salas de espera vacías, la fijación por las texturas y los volúmenes de objetos que ahora son despojo. Y de pronto empiezan a aparecer los objetos domésticos: una cocina en la que se frita una carne en un sartén deformado por el uso, una mujer que pela un aguacate. Luego los planos se abren y vemos mesas, ropa colgada, camas, radios. En cierto momento empiezan a aparecer los rostros humanos y con ellos sus actividades cotidianas: una familia ve televisión acostada en una cama. La presentadora del noticiero habla de los remotos atentados de Pablo Escobar. También mujeres lavando en una alberca, revolviendo un chocolate, hablando en un corredor.

Volvamos a la historia: el hospital desde los setenta empezó a vivir graves crisis económicas. El golpe final se da en 1993 con la nefasta Ley 100. Hasta su clausura en 2001. Este es un caso más del paulatino deterioro y abandono de la institucionalidad que presta servicios públicos esenciales. El cierre de cientos de hospitales alrededor del país y la crisis constante de los que todavía quedan son unos de los síntomas del pésimo estado de la salud en Colombia. El fin de esta “época gloriosa” responde entonces a un fenómeno mucho más amplio, que exige mirar atrás.

Hace un tiempo leí un artículo que hablaba de la estética de las ruinas neoliberales. Las ruinas siempre han fascinado, son una imagen que atraviesa las historias de la representación, en cada época con sentidos diferentes. La imagen de la ruina como algo bello y sublime nace en el romanticismo. Vestigio del pasado,  las ruinas se convierten en símbolo de transitoriedad, de soledad, de decadencia. Los románticos del siglo XVIII rendían culto a las ruinas medievales.

II

Dejando a un lado las rancias mitificaciones cachacas, que dentro de su inmanentismo conciben estas historias de decadencia casi que ahistóricamente, lo que aquí se lee es otra cosa: neoliberalismo. Cuando aparece esta palabra pienso que el trabajo de Chaves va más allá de la evidente fascinación por estas ruinas, que existe otra enunciación debajo de la atmósfera que crea entre la conjunción de las tres presencias del corto: los cuerpos humanos, los objetos y los edificios.

Bajo estos preceptos, ¿cómo concebir la estética que se maneja en esta secuencia de planos fijos documentales? Si se mira más allá de la imagen con el peso del contexto, lo que vemos en esta secuencia de planos fijos no es realmente un objeto estetizante, sino el testimonio material de algo mucho más amplio: las ruinas de nuestro Estado Social de Derecho, de su sistema de salud y su sistema laboral. Incluso, sin forzar mucho la mirada, de la propiedad de la tierra, que se puede ver en las múltiples tomas en que se ve la lucha por hacer propio, doméstico, este espacio antes público.

Este montaje está en el límite de realizar un trabajo de estetización de la ruina. Y quizá suceda en un primer plano. Hay cierta fijación estética a la hora de mirar. La cámara se queda mucho tiempo en los objetos, dejando que las texturas, los contornos, los volúmenes, la luz cobren demasiada densidad. Sin duda, hay una fascinación por la ruina que a simple vista se sobrepone a la intención testimonial, incluso de denuncia, del objeto fílmico. Pero esto cuando se piensa bajo los preceptos básicos del género documental, que dice que este tipo de piezas deben ser explicativas, deben buscar señalar.

El asunto radica en que este señalamiento se construye con el montaje, de forma muy vedada, eludiendo la claridad pedagógica de un documental tradicional. Para explicar lo anterior, una imagen en especial se me queda en la cabeza: la cámara se queda fija en un hueco que hay en el techo. El uso de la luz remite de nuevo a estas atmósferas casi de ensoñación. Pasan unos cuantos segundos y aparece un hombre subido en ese techo tratando de arreglarlo. El hombre se mueve con paciencia en ese espacio liminal entre la intemperie y lo habitable. Luego, la cámara empieza a bajar por las paredes y vemos la podredumbre de los pilotes, de la estructura misma. Cuando llega al suelo, vemos un desorden de escombros. Este montaje, sin palabras, sin señalador alguno, genera un sentido que uno interpreta como la anteposición de esas dos presencias: la de la ruina y la de lo humano que intenta revivir ese espacio abandonado. La cámara está documentando en ese momento la lucha constante con el deterioro.

Entonces, hay una enunciación más allá de la manipulación de esa estética de la ruina. La última toma lo deja claro: alguien revisa unos papeles en una mesa. La cámara se enfoca en ellos y uno puede dar pausa y ver unos códigos burocráticos. Son las tutelas interpuestas por los empleados que estamos viendo en un ámbito doméstico extraño y precario. Una vez más, el documental no explica esto, pero no creo que sea accidental que se puedan ver tan claramente los códigos de las tutelas para que uno pueda ir a encontrarlas en internet. Todas hablan de lo mismo: la vulneración del derecho al trabajo y el derecho a la protesta.

III

Hace un tiempo leí un artículo que hablaba de la estética de las ruinas neoliberales. Las ruinas en general siempre han fascinado, es una imagen que atraviesa las historias de la representación. En cada época con sentidos diferentes, pero casi siempre concebidas como algo bello y sublime, especialmente desde el romanticismo. La ruina, como vestigio del pasado, se convierte en símbolo de transitoriedad, de soledad, de decadencia. Sin embargo, los románticos del siglo XVIII rendían culto a las construcciones medievales.

En el siglo XX, se habla de una nueva estética que alude a las ruinas postindustriales. Grandes fábricas abandonadas, estaciones de tren desoladas, empiezan a tomar otras connotaciones. Ahora, en el XXI, se asocia esa transitoriedad no con la condición perenne del ser humano, sino como huella que va dejando la depredación económica. Como muestras del eterno estado de “crisis” en que actualmente viven las sociedades neoliberales. Las ruinas dejan de ser una especie de ensoñación (con todo el carácter sublime que esto puede cargar) y se convierten en muestras de malestar, en señales de injusticia social.

Esa es la explicación que me construyo: en un primer nivel, Chaves se vale de esta estética, pero crea otro nivel de enunciación en el cual se atestigua una situación concreta, pero no desde los códigos de señalamiento directo del documental, sino en un montaje que requiere profundizar en el contexto para acceder a todos los sentidos que quiere formular. La contextualización del principio no es suficiente. Un documental tradicional, con su necesidad de claridad, hablaría en algún momento de todo esto, generaría los paratextos necesarios. Pero este no lo hace. Así, debajo de esta fascinación, puede encontrarse esta historia neoliberal.

Esta es entonces la historia del Hospital San Juan de Dios, de su antiguo resplandor y su decadencia, el testimonio de sus ruinas convertidas en ámbitos domésticos que son a la vez protesta social y muestra de la precariedad de las familias colombianas, y por eso se podría tomar como una pieza audiovisual que nos ofrece una imagen para ver parte del pasado y del presente: un pasado y un presente como ruinas. Ver al otro vivir en lucha contra la precariedad. Porque al fin al cabo es como si viviéramos todos en este mismo estado.

Es la eterna lucha contra la inhabitabilidad económica del mundo. La pregunta que me queda al ver estos dos elementos coexistiendo es: ¿dónde comienza realmente la intemperie, tanto espacial como social?

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Adolfo Guerrero

Entre el cine y la literatura. Pero ni cinéfilo ni literato. No confunda. G̶o̶n̶o̶r̶r̶e̶a̶ ome.

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