Dura Brisa del Gramalote - Tomado de Google Street View

La dura brisa del Gramalote

The Word is closing in
Did you ever think
That we could be so close, like brothers
The future’s in the air
I can feel it everywhere
Blowing with the wind of change

Scorpions, Wind of changes

I

Cuando pienso en el viento, cuando la brisa acaricia mi rostro o revuelve mi pelo, recuerdo esos vientos en los que solía alojar la esperanza de que algo iba a ser transformado en la mente de los seres humanos. No sé exactamente qué esperaba o en qué cambio pensaba, creo que son cosas que los adolescentes sienten y razonan en abstracto como una simple condición cerebral humana: la juventud es inherente a la creencia firme de la transformación de todo. Pienso en esa canción famosa de los viejos Scorpions, la banda alemana fundada en 1965, que a pesar de lo lejana por tiempo y espacio, nos decía que debajo del puente de un río muy importante en Rusia se “escuchaban vientos de cambio”.

Hoy, al volver a donde crecí en Villavicencio, echo de menos aquellas suaves brisas y ventarrones impertinentes que refrescaban las tardes calurosas del barrio El Jordán. Allí fui cada domingo a La Santa Lucía, la iglesia del barrio que mi mamá ayudó, entre pleitos por los predios, a construir.

Iglesia Santa Lucia, Barrio El Jordán
Iglesia Santa Lucia, Barrio El Jordán

Hace 21 años comenzó la dura batalla de una mujer, madre de cuatro hijos y esposa de un zootecnista, por liberar los predios de la Carrera 20c con Calle 39b, en plena esquina del barrio. El pleito no fue solo con la alcaldía que tenía el lote abandonado desde la construcción de esa parte del barrio, también con los vecinos del lugar; Gonzalo argumentaba que la Iglesia sería una molestia diaria por el ruido que generarían las campanas y la misa en altavoz. Pero muchos otros habitantes del barrio trabajaron hombro a hombro con Doña Albita, como le dicen todavía los que la conocen hace tiempo. Hombros que levantaron una enramada cortando maderas, apuntalando plásticos, haciendo empanadas, morcillas, sancochos, y bazares para recolectar dinero en pro de la construcción lenta y azarosa de lo que hoy es una bonita iglesia que aún está en proceso de ser terminada. Yo acompañaba a mi mamá a hacer las diligencias en la diócesis; en ese tiempo el obispo era Monseñor Cabezas, un hombre alto, delgado y de pelo totalmente blanco, con una mirada benévola y cordial. La convicción por hacer el bien que veía revolotear como los zancudos (incansables, insistentes) entre mi mamá y ese obispo, fue lo que me motivó a trabajar con ella: empaqué mercados, aguanté con alegría el molesto polvo de la bienestarina que se me metía en todos lados, limpié, ayudé – desde antes de la construcción de la enramada que hacía las veces de capilla- en otras iglesias a las que ella asistía como integrante del comité de pastoral social.

El sonido del caño, sobre todo en invierno estaba acompañado de esa brisa fresca. Si algo valía la pena sentir y disfrutar en el llano, era esa frescura de algunas tardes invernales, las que se esparcían justo antes de la lluvia, en esa ciudad que cada día va creciendo un poco más. No puedo describir con claridad la sensación, no era solo el tacto el que se activaba al contacto con la brisa, también un aroma el que invadía mis sentidos por aquella época. Recuerdo haberle dicho a mamá un día que esa brisa “…me hace sentir que no soy de este tiempo, me hace recordar algo que no he vivido”. Y pensar que ahora las cosas han cambiado tanto: el tráfico se ha vuelto pesado, en las estrechas calles del centro de la ciudad los autos ya no transitan fluidamente, el pico y placa comenzó a hacer parte de la cotidianidad como en cualquiera de las grandes ciudades caóticas y poco previsivas de nuestro país. Luego llegaron los puentes elevados. El clima se ha transformado: se multiplicaron los vendedores de paraguas que no dejan de venderlos durante todo el año porque no para de llover. Cultivos de especies de árboles se importaron desde otras partes del mundo, como una acacia que no florece, la magium; ella crece rápidamente ofreciendo madera de buena calidad, a menor costo, y disminuyendo el impacto ambiental que produce  la tala de árboles.

Muchas cosas han cambiado: la forma en como huele la vida en el llano siempre ha sido distinta a la de ciudades como Bogotá o Medellín, también la manera en cómo olía aquella brisa a finales de los años noventa ha cambiado, ya no es la misma de antes, la brisa con olor a monte, con olor a verde y Gramalote.

La brisa del Gramalote
Mi hermana menor en el parque hace más o menos 30 años

II

El caño Gramalote es un riachuelo ubicado en zona urbana de la ciudad de Villavicencio. En el año 1987, el consejo de Villavicencio aprobó 370 millones de pesos para la canalización de éste, en ese tiempo yo tenía unos 6 años y poseo, aunque vagos, algunos recuerdos de ese proceso: mamá me explicaba, al yo preguntar, de qué se trataba tal cosa y comparaba el suceso con las buenas canalizaciones realizadas en Medellín, ciudad en la que se crió: “la canalización es progreso”, me decía luego de que yo reprochaba el hecho de invadir las orillas del río con cemento y demás sustancias dañinas para el agua.

Gramalote fue el primer nombre que recibió la ciudad, cuando fue fundada en 1840. El caño atraviesa toda la ciudad y en el siglo XX era aún una de las riquezas hídricas más importantes de la región. En este siglo es solo lo que su nombre indica: un caño, sustantivo con el que se conoce en algunas regiones de Colombia a riachuelos contaminados y de poca importancia fluvial, en donde cualquiera arroja basura y donde también, cada vez menos corre agua o, por lo menos, agua limpia.

Pero un caño realmente es un tubo por donde circula el agua y su origen proviene de la palabra caña que a su vez se deriva de la palabra “canal”, sin embargo, en los Llanos Orientales, un caño es un riachuelo, incluso se les llama así a los ríos más grandes, no había diferencia para muchas personas. Sin importar cuál sea su nombre, el caño Gramalote me recuerda a palmas de manos y pantorrillas con pequeñas cortadas que pican, a pelitos de hierbas enredadas en los dedos, en la ropa, a niños jugando entre el monte de los lotes baldíos en los años ochenta, a sudor de juego; a inventos infantiles, porque los niños ven cuevas entre las hojas de ese Gramalote, pasto alto y forrajudo, que se entrecruza cuando lo dejan crecer libremente; y ven castillos entre las bolsas de basura que la gente deja mal parqueadas; a chicharras sonando al medio día reventándose para dar a luz a otras chicharras; a escarabajos diablitos comiéndose las hojitas pequeñas de los árboles dulces; a parques; a carreras bajo la lluvia torrencial con truenos y gritos alebrestaos de emoción; a pies descalzos “cogiendo sabañones” como  decían las abuelas. A eso olía el Gramalote y la brisa que lo atravesaba, que lo circundaba y recorría, que pasaba por entre las casas de un piso que poblaron los primeros años del barrio.

No me queda mucho de esos olores y de la brisa apenas el recuerdo que, como decía Borges, “es la otra forma del olvido”. Ahora, cuando voy a visitar a mi familia al mismo barrio (no quisiera que fuera otro a pesar de los cambios), me encuentro con una pared de niebla que anida sobre las cabezas de sus habitantes, con una nebulosa grisácea que no son nubes de lluvia sino la nube de la desidia humana, de la enajenación, del amor por el dinero que nos invade a muchos, de la falta de imaginación: porque hay que ser corto de imaginación para no encontrar otra manera de obtener el sustento necesario, hay que ser corto de imaginación para no prever la consecuencia de contaminar al mundo e irlo perdiendo poco a poco, como se pierden las cosas más queridas.

La contaminación ambiental en Colombia ha sido un problema que se ha ido incrementando semana tras semana; ya se habla de ciudades con índices de insalubridad al nivel de las ciudades más contaminadas del mundo, y eso ya es mucho decir, para un país que intenta no dejar de ser agrícola, un país en el que algunos de sus campesinos han luchado férreamente contra la falta de recursos que les impide competir con los grandes empresarios que intentan industrializar los productos ganaderos, agrícolas y avícolas.

III

El 25 de septiembre del 2015, el periódico El Tiempo, en un estudio hecho por el periódico local de Villavicencio que está adscrito a red de ese periódico, El Llano 7 días, publicó una noticia sobre los índices de contaminación en Villavicencio indicando que han aumentado sobre todo por la emisión de PM10, contaminante emitido por vehículos. Se encontraron también otras sustancias gaseosas, que sin embargo, no parecen estar presentes en el ambiente de forma alarmante. El periódico indica:

Y aunque también en el estudio hallaron dióxido de azufre (SO2) y dióxido de nitrógeno (NO2) y ozono (O3), los compuestos están dentro de los parámetros contemplados en la resolución 610 de 2010 del Ministerio de Ambiente, que en síntesis establece una serie de topes máximos de contaminación del aire.

El Tiempo, 2015

Pero yo me pregunto: ¿a qué nivel de contaminación ambiental debe llegar el ambiente de una ciudad para que exista una alarma? En una quema de llantas se liberan por lo menos 34 sustancias tóxicas potencialmente cancerígenas, entre las que se encuentra el monóxido de carbono y el cloruro de carbono. 

La contaminación va invadiendo nuestras vidas, se cuela por entre las ventanas, va cayendo pesada sobre absolutamente todo. Ese fue el panorama de tres días del año 2014, en los que el barrio El Jordán apareció invadido como por las cenizas de un volcán, pero ya sabemos todos que en los llanos no hay este tipo de formaciones geológicas. Sin embargo, tiznados desde que nos levantábamos hasta que el sol se ocultó, debíamos andar con tapabocas y trapos ahuyentando el silencio que permite que la contaminación se apodere de las almas débiles de un pueblo que en parte es víctima y en parte indolente victimario, incluso de él mismo.

Hubo un tiempo en el que las causas que movilizaban a la gente del barrio no solo consistían en construir iglesias, pero desde que amenazaron a mamá y a una o dos señoras más que la acompañaban el día en que decidió ir a frentiar la situación de la quema de residuos clínicos y llantas de las que extraían cobre, plásticos, entre otros materiales, ya no quedaron muchas ganas de seguir trabajando por una causa y ésta se convirtió en una causa perdida, como muchas otras. Supe que la policía intentó intervenir pero “a ese barrio es mejor no arrimarse”, le dijo un oficial a Alba cuando fueron amenazados. Ubicados en las orillas del caño, entre el barrio Brisas del Guatiquía y el barrio Industrial, las empresas o grupos – no se sabe con exactitud por quién o quiénes están conformados estas bandas delincuenciales, como yo las pienso-, queman residuos sin el más mínimo interés por resguardar el ambiente y a los habitantes de la zona de la exposición a las nubes de humo. Las quemas se realizan a cualquier hora del día, lo sabemos porque el olor del ambiente cambia. Se han interpuesto derechos de petición a las presuntas empresas de reciclaje cercanas al lugar que parecían contaminar, para acabar con este problema, e incluso Don Gonzalo, el vecino que luchó en contra de la construcción de la iglesia y que desde su casa, ubicada en la esquina diagonal al lugar gritaba sus ideas en contra del proyecto a las personas que sí querían la construcción, reunió fuerzas para iniciar un proceso en contra de “los contaminantes”. Sin embargo, esto no dio resultados y hoy por hoy la nube sigue invadiendo el tiempo del barrio, cambiando el ambiente y generando enfermedades en personas de cualquier edad que han visto deterioros en su salud desde que estas quemas iniciaron, como lo afirmó un taxista con el que conversé un día: había decidido irse del barrio puesto que un médico, luego de varias veces de consultarlo por afecciones pulmonares, se lo recomendara.

Ahora la ciudad, mi barrio y sus alrededores me huelen mal, y la brisa se me hace tan dura e irrespirable, como si el aire estuviera hecho de piedras. Es raro ver que los que un día estuvieron en contra de un proyecto comunitario, hoy se unan ya no para la construcción de un edificio, sino para evitar que a las orillas del Gramalote se siga quemando basura y envenenando el viento que cambió, pero que no trajo la transformación de la que hablaba aquella melodía de los Scorpions que escuchaba más joven y sobre la que se hiciera el himno de uno de los grupos juveniles de la iglesia Santa Lucía, sino una brisa dura como un muro de roca firme que le va a uno quebrando los pulmones y las ganas de volver.



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Cris Castro

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