Tinder (Una Celestina Contemporánea)

Una Celestina contemporánea: Introducción

Juego mi vida, cambio mi vida
la llevo perdida
sin remedio.

Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo…;
o la trueco por un sonrisa y cuatro besos:
todo, todo me da lo mismo:
lo eximio y lo ruin, lo trivial, lo perfecto, lo malo….

Todo, todo me da lo mismo:
todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo
donde se anudan serpentinos mis sesos.

El poeta con nombre de auditorio.

El director de la revista donde escribo me pidió amablemente, con su barba norteña de noruego fuera de lugar, que terminara el borrador de mi nueva idea en wordpress. Me asusté. Tenía varias ideas y el comité editorial fue inmisericorde. Borraron todo, pero fue un mal necesario en retrospectiva y por eso, les estoy agradecido. Simplemente no pude concretar nada y contrario a Hemingway, nunca he tenido un conflicto armado a donde huir de la rutina diaria o de los reproches Martha Gellhorn. Así que dije, al mejor estilo de diva, salí a caminar.

Luego de 24 kilómetros de ida y vuelta desde la universidad hasta y desde mi casa, mis dedos se negaban a seguirle la cuerda al cerebro. Tenía un bloqueo de escritor que no se iba, pero tomé con tranquilidad mi imprevisto mental y mi vida continuó más o menos al mismo paso, junto a los amables avisos diarios del celular recordándome que debía entregar algo terminado. Con esa preocupación y algunas cosas más en la cabeza, asistí al matrimonio de 2 excelentes amigos.

Fui el padrino del novio y una amiga íntima de la novia -una bailarina clásica, elástica, exótica y tímida de ojos negros -fue la madrina. Al terminar la ceremonia salimos a jugar Pictionary y luego de perder continuamente en ese horrible pasatiempo, llegó un muchacho Javeriano al que nunca había visto. La tensión en el ambiente era palpable, como el Euros descrito por Scorpions antes de una tragedia. No pude evitar el mohín desaprobatorio y sutil asomado por los labios de la esposa, ante la presencia de este nuevo comensal que llegó claramente tarde en un día tan importante para ella. Cuando terminó la reunión y retornamos a la casa de la dichosa pareja, mi recién adquirida ahijada me interpeló sobre la ingrata compañía que habíamos dejado atrás junto a la bailarina.

¿Qué opinas de _________ ? (El nombre del muchacho javeriano)

Contesté lo esperado de mí cuando las mujeres me hacen este tipo de preguntas: que mi opinión era obviamente parcial, porque era la primera vez que lo veía pero no me inspiraba confianza y a mi juicio, el muchacho sufría la típica enfermedad de los jóvenes, poca confianza en sí mismo debida a un exceso de tiempo producto de no tener callos en las manos y múltiples barbaridades complacientes auto-permitidas.

La recién desposada amiga me dio un abrazo y quedé sorprendido por ese súbito voto de confianza. Estaba genuinamente preocupada por su bailarina morena de porcelana, asegurándome que iba a hablar bien de mí a la primera oportunidad que tuviera. Eso me asombró. Normalmente no hablo con nadie de nada, más allá de los espacios de mis compromisos laborales, los requerimientos de mis proyectos personales y un lacónico ¡permiso! en el transporte público bogotano. Entonces, exaltada la esposa replica: quiero mostrarle a la bailarina que hay más hombres.

No evité una risa cómplice mental. Estábamos su esposo y yo presentes, dos representantes del género masculino, incompletos por una indefendible alopecia y el otro con un sobrepeso apapachable consecuencia de su juiciosa actividad profesional. Lo importante fue que perdí esa categoría de hombre a los ojos de ella, como si ser padrino o amigo fueran funciones mutuamente excluyentes del género al que pertenecemos.

La autora de la pregunta me recordó que fue ella quién me sugirió Tinder en la misma conversación antes de tomar el último transmilenio hasta mi hogar. Normalmente eran los eventos sociales como las bodas, bautizos y hasta los entierros en los que mi generación (35+) ampliaba su círculo de influencia durante mi ya lejana adolescencia. Luego la universidad, el trabajo o los viajes, con la nueva oleada prácticamente sin fin de nuevos rostros y posibilidades.

Entre estos cambios y aparentes discrepancias nace esta ocurrencia lingüística y la perfecta excusa para volver a mirar mi celular, con los cándidos ojos que tuve a mis quince años, época pre-internet, cuando algún conocido de mi adolescencia privilegiada se atrevía a presentarle al corrillo de amigos del colegio una prima desconocida y reflexionar sobre esas maneras modernas que tienen los muchachos de ahora para relacionarse.

Ahora es el celular como aparato y apps tipo TINDER o BUMBLE quienes eliminaron la ritualidad de pedirle a una desconocida una pieza de baile, la nostalgia de las estaciones de trenes, además de borrar con un golpe de oreja la respiración darthvariana de esperar que no fuera la mamá o el papá quien contestara el teléfono, para pasar unos momentos hablando de cualquier tontería.

Los próximos relatos fueron encuentros reales en TINDER.[1]. El sub-título al lado del número es un recurso memotécnico, o como prefiero decirlo, la etiqueta que uso para encontrarlas en mis propios baúles, porque el corazón tiene maneras extrañas de recordar. Hablando de los recuerdos. . . sé que ellas no me recuerdan de vuelta. Según No. 4  soy profundo, algo que todavía ando masticando, esperando inútilmente que no sea otro eufemismo de feo, pero como no he tenido la oportunidad de obtener un feedback de estas citas, tendrán la oportunidad de leer mi lado de la historia. Si alguna vez las vuelvo a encontrar, es un deber preguntarles qué pasó e intentar darle un verdadero final a estos relatos, pero en este momento parafraseando al goberneitor en la última línea de Conan el Bárbaro esa es otra historia.

Sin más preámbulos, esta es la primera historia, siguen 4 más que dosificará a voluntad nuestro editor.

1. Keep it real, baby

Luego de la ceremonia con mis amigos y unos eclair obligatorios en la pastelería Michell de la calle 85 con 15 para celebrar su feliz compromiso, arribó el primer mensaje positivo de TINDER. Lo leí mientras masticábamos esos roscones con Nutella pretenciosos y caros, donde suelo llevar a los buenos clientes. Pero la suerte del bobo el inteligente no la descifra, y tratando inútilmente de romper el esquema circular Nitcheniano del hay que tener cuidado con los deseos hallé mi primer like.

La foto prometía bastante y resultamos viviendo en la misma localidad. Nos vimos en un centro comercial. Nos reímos de todo y nada hasta que se disipó la niebla del momento, se subió al bus y medité un poco más sobre la cita. No suelo juzgar a las personas por lo que hacen para sobrevivir por que todos tenemos que jodernos mas o menos igual por la plata y trabajar, solo depende de las circunstancias y las necesidades. Resultó ser una señora de mi edad, muy agradable con 2 hijos adolescentes. Una Clitenmestra contemporánea, guerrera, orgullosa de sus muchachos, mesera de una panadería de barrio, ex-mujer de un narco de poca monta que tuvo sus 15 minutos de fama por salir en el titular de un noticiero nacional en los 90´s.

Desafortunadamente este personaje también era el papá de sus hijos, pero nuestras macabras leyes que defienden lo indefendible, para garantizar procesos eternos y trabajo a los ladrones que nos gobiernan, la ponían en una situación difícil, por que debía estar en contacto permanente con su ex-esposo y tenía la rutina de huir cada cierto tiempo.

Seguimos un par de meses en contacto, hasta que su número dejó de funcionar. Una de las lecciones terribles de la vida, es cuando la gente desaparece. No en vano hay tanta canción, que nos recuerda a los ausentes.

Me gusta pensar que en ese eterno andar, se esconde también una oportunidad para reinventarse. Espero que esté bien y alguna vez cruzármela por la calle y verla reír. No por un sentimiento de cierre –eso es un atributo netamente femenino– tan solo soy fan de los finales felices, especialmente cuando el protagonismo de una bonita posibilidad se lo llevan el dolor y el abandono al que tan acostumbrados nos tiene este lugar.


[1] Las numero para proteger la identidad de las protagonistas y también para recordar el orden en que salí con ellas. Sería terriblemente curioso que las señalaran como una bizarra secuencia de errores o la excusa de este artículo.

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mm

#FF6600

Feliz dueño de un par de babuchas naranjas.

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