Daniel Ríomalo

Habitar poético

Para recitar poesía no necesitamos representar las palabras con gestos. No es necesario hacer fotosíntesis al articular la palabra sauce. La imagen del momento en que se concibe el poema no puede ser emulada. Por eso su mérito no yace en capturar la imagen sino en su capacidad de evocación al ser recitado. La posibilidad de que se desate una imagen particular en la mente del que escucha, un pequeño estallido que ilumina de repente la existencia se consuma en cada lectura. La obra poética es tanto manifestación de la imposibilidad del individuo para captar el absoluto, como testimonio de la necesidad del otro. Debería ser obvio: no podemos reclamar ni siquiera nuestro nombre como propio.

Ante la neurosis citadina propongo aprender a habitar la ciudad como aprendiendo a recitar poesía. Es fácil pensar en la ciudad como un bloque rígido. Monoblocs, puentes, monumentos. Si se destruye algo es para hacer algo que perdure mucho más. Pero la ciudad ya no es una fortaleza inexpugnable. Habitarla se vuelve doloroso cuando se piensa en las meras posibilidades (“¿allá roban?”) pero sin pasar al acto (“por allá no voy”). Aristóteles escribió que el placer es lo que está permanentemente en acto y el dolor es lo que se queda en la posibilidad. Si el poema no se lee, si la ciudad no se habita en convivio con el otro, siempre dolerá.

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Daniel Ríomalo

Despertando al Rey Tinta. Viviendo en Buenos Aires

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