Es más duro ser humano

Hay películas que exigen de uno una paciencia infinita, exigen que uno se siente y ponga pausa y vuelva a empezar aunque al final uno no sepa qué carajos pasó. Los directores de esas pelis no atienden muchas veces a las historias, no son partidarios de que la película ‘se entienda’. En parte es porque se han dado cuenta que la forma en que las imágenes y los objetos están en el mundo es una forma harto diferente de como nosotros estamos en el mundo. Aunque no sabría cómo explicar eso en general, porque no estudié un sieso de cine, podría citar como ejemplo la lentitud de Tarkovsky (cuyo Sacrificio no he logrado terminar de ver), o las pelis de Bela Tarr (cuyas Armonías de Werckmeister ya he visto como cinco veces y no supero). Voy a tratar de explicarme, pero voy a reducirlo a un pedacito al inicio del Andrei Rublev de Tarkovsky:

No me pregunten para qué carajos filmó al final de esa huida en globo a un caballo dándose vuelta en cámara lenta, o en general qué hacen todos esos caballos tan bien puestos en toda la película. No tengo idea y si me lo explican creo que me arruinan la belleza infinita de esa toma. El caso: hay veces en que uno ‘no entiende’ y eso no importa porque las imágenes a pesar de someterse a veces a la linealidad de la narración no están obligadas de ninguna forma a ello, y en cambio encuentran una forma alternativa de contar una historia a través de sus símbolos, de los colores o de la re-disposición espacial que les es inherente. Eso pasa, por ejemplo, en Zama de Lucrecia Martel.

La película que reseño hoy la vi completa de puro obstinado; me dormí tres veces, pausé para ir al baño, para comer, para fumar, luego me volví a dormir. Requiere paciencia.

Ahora sí la reseña.

Tras largas observaciones, 30 científicos rusos arriban a un planeta creyendo que lo que sucede es similar a un período histórico que nosotros llamamos Renacimiento. Y pues no, más bien el planeta está sumido en una degeneración de la Baja Edad Media. Se supone que es una peli de ciencia ficción, pero es imposible no tomar como dato histórico la insalubridad general de lo que pasa en esa película. Todo es tan humano, demasiado humano. Es decir una pesadilla.

Originalmente una novela de los hermanos Strugatsky, Hard to be a God (2013) sigue a Don Rumata, uno de esos científicos rusos que al percatarse del error de cálculo han decidido quedarse en Arkanar, llamarse descendientes de dioses paganos y hacerse señores de la tierra. Su señorío no es gran cosa: la tierra y sus habitantes son una total mugre, las sectas religiosas aterrorizan y además tiene un enemigo, un tal Don Reba que ha sometido Arkanar bajo una especie de tiranía sanguinaria que ha reprimido de forma violenta cada intento de progreso humano; una de las primeras escenas es la ejecución por parte de ‘los grises’ (el ejército de Don Reba) de un intelectual. Un viejo con cara de santo y mártir es ahogado en un cagadero. Frustrado así el renacimiento al que pretendían arribar, Arkanar es un inmenso lodazal de mierda y fluidos humanos cuya población mayormente idiota tiene como hobbie cerrar los puños tras sostener manotadas de mierda (o barro, o comida). Como diría Hobbes, la vida en Arkanar es solitaria, pobre, asquerosa, bruta y corta. Dando el siguiente paso para hacer imposible la civilización, los habitantes de Arkanar parecen no sólo haber delegado sus deseos de violentar al prójimo a un poder mayor a ellos (Don Reba o Don Rumata), sino que parecen haber renunciado por completo a su razón.

Don Rumata, a quien vemos sudar, escupir, toser y sufrir a través de riquísimos acercamientos de la cámara, está buscando a Budakh, un doctor secuestrado por Don Reba. Lo encuentra después de un par de peripecias que son filmadas de forma tan densa que es muy difícil entender que se trata de una busca. Y esa es la clave de la película: tres horas en las que Don Rumata, realeza extraterrestre, se mueve con cierta desenvoltura en un mundo en el que cada dos minutos se siente la necesidad de escupir, sonarse los mocos y buscar un olor que alivie el permanente olor a mierda en el aire. A pesar de adaptarse, permanecer y luchar en ese lodazal de Arkanar, Don Rumata científico ruso y dios, se siente perdido.

Un historiador del arte del Renacimiento terrícola que se llamaba Aby Warburg inicia una de sus obras diciendo que el acto fundador de la civilización humana es la creación consciente de una distancia entre el mundo exterior y el sí mismo. Creo que eso es justo lo que no sucede con los habitantes de Arkanar, y lo que los diferencia de sus amos. Es justo la distancia que de a poco se va acortando para Don Rumata, a través de quien vemos sumirse al planeta en una densa barbarie. Sí, el científico bien intencionado que va infiltrado a otro planeta con fines nobles se da cuenta que esa distancia no se obtiene de una vez y para siempre, sino que es una lucha por un espacio que debe conquistarse siempre de nuevo. Por cínicos, los esfuerzos de Don Rumata no son suficientes, una golondrina no hace verano.

Esa idea de Warburg y sus posibilidades resultan, por decirlo menos, aterradoras. El mundo filmado por Aleksei German consiste en describir la posibilidad del otro lado de la lucha; Don Reba, los grises y posteriormente ‘los negros’ (ambas sectas religiosas que se suceden) luchan por conjurar sin pausa esa misma distancia. La fotografía de German documenta la reducción de esa distancia de forma exhaustiva. La apabullante riqueza visual de la película, la interpelación permanente al olfato, las texturas, la contraposición de sangre y comida, de heces y humo, de niebla y castillos, de gente sin número y horcas bañadas en la fuerza del blanco y negro en el que está filmada la película, son tan potentes que en retrospectiva uno parece estar asistiendo a un inmenso proceso digestivo. No existe espacio ahí para respirar, y ese espacio es lo único que buscamos junto a Don Rumata con quien estamos-hacinados-en-el-mundo.

En esa lucha, y en contra de cualquier autoritarismo supresor de las libertades (1), German ha tomado posición. Su punto de vista es el punto de vista del científico, su cámara se mueve lentamente en ese mundo viscoso detrás y a través de Don Rumata, a cuyos planos secuencia no sólo se le atraviesan una cantidad de animales, personas, edificios y objetos, sino a los que se dirigen las mejores miradas de asombro, asco, desprecio y reverencia. Así, German nos regala los más hermosos y perturbadores paisajes de los habitantes de Arkanar: sus rostros y cuerpos, unos deformes, otros hermosos, otros untados, otros pacíficos, otro arteros, todos rompiendo la cuarta pared sin decir una sola palabra.

Antes de morirse y sospecho que a modo de recordatorio póstumo para todos los mortales (porque alcanzó a rodar la película y luego se murió, ni alcanzó a leer las críticas), Aleksei German creó una edad media inédita y escabrosa que nos restriega en la jeta nuestra propia materia hasta la asfixia. Lejos de usar las palabras usó las imágenes de forma exhaustiva; Don Rumata habrá podido perder la batalla, pero German ha registrado con éxito quizá no la distancia para respirar de la que hablé arriba, pero sí lo necesitados que estamos de ella. Es duro ser dios, sí, pero es más duro ser humano porque no podemos dar por sentado nuestro espacio para pensar.


(1) Escrita en medio de la desestalinización soviética, la novela en la que está basada esta película no fue recibida por los editores de los Strugatsky. Editores posteriores les sugirieron cambiar el nombre del antagonista porque era una referencia poco sútil: Don Reba se llamaba antes Don Rebia, anagrama de Laurentiy Beria, cabeza de la policía secreta bajo Stalin.

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