Iguaque, Cerro de agua © Stephany Pinta.

El camino que ha abierto el agua

El camino hacia arriba y hacia abajo es uno y el mismo

Heráclito

Empieza con la bienvenida pacífica de un arroyo transparente que baña una piedra cabeza de serpiente. Empieza con un sendero empedrado, incómodo y demarcado por avisos de madera que informan sobre la flora y fauna; nos han dicho que los mamíferos son nocturnos, las aves se oyen aunque no las vi, y los insectos… Tampoco. Casi no levantas la cabeza, apenas se mira al frente; concentrado en la firmeza de cada pisada de a poco vas adquiriendo cierto ritmo. Levantar la cabeza es un descubrimiento: plantas entrelazadas, un árbol retorcido abriéndose paso hacia la luz a centímetro por mes.

Y el inmenso silencio, hecho de un arroyo lejano y el viento arriba meciendo ramas.

***

El sendero se queda atrás. El anuncio de madera dice que es la quinta estación. Intercambio palabras breves con cada persona a la que supero y con cada persona que encuentro en pleno descenso. Las últimas me miran con compasión, las segundas me miran atónitas unas veces, las otras… La verdad los pierdo. Caminar hacia Iguaque es como escribir. Soy la última persona sobre la faz de la tierra. Y así actúo.

Llueve ligero. Brisitas mojadas, ventarrones breves. Me refugio y pronto me doy cuenta que es inútil; llueve grueso bajo los árboles. Imagino, no lo veo, el agua sin pausa acumulándose sobre las hojas hasta que ceden, luego un escalofrío se desliza espalda abajo. Me pongo de nuevo en marcha mientras las botas se oscurecen y el cielo se aclara: arriba de la vegetación brilla el cielo. Brilla duro. Piernas y rodillas exigidas, el equilibrio desafiado por cada pisada; una piedra floja, barro o una raíz desprendida pueden terminar en una salpicada, un tropiezo, una caída. En ese nivel de alerta mínima, básica, en ese nivel de auto preservación se anda todo el camino del que desaparecen las piedras. Es duro para el bípedo el camino que ha abierto el agua; nos abrimos paso entre escaleras de raíces y un piso blandito y oloroso a descomposición vegetal. El agua incesante en los lugares escarpados bajaba entre piedras y plantas, un agua oscura con sabor a tierra que moja los zapatos, un agua que no supe, aunque fuera obvio, era una señal del clima más arriba.

En cuanto me acerco a la laguna, ventarrones empapados le siguen a las brisas llovidas. El jean se enfría, la chaqueta se ha permeado, la camiseta, el pecho. Y ahora ‘La pared’ (que es como la séptima u octava estación demarcada): piedras ocre y amarillas y rojas por las que desciende agua. Oigo las rodillas de los compañeros sonar, las piedras que se mueven, el agua precipitándose, la pisada en los charcos. Agua, agua, agua por todas partes. Me doy media vuelta y la montaña contigua me llena los ojos, me invita a perderme.

Los ancestros de la raza humana salieron de acá, Bachué emergió de la laguna con su hijo Iguaque y bajó del páramo para establecerse en la sabana y esperar a que su hijo creciera. Desposados luego, se dedicaron a multiplicarse y, ya viejos, reunieron a muchos de sus hijos para emprender el camino de vuelta hacia la laguna. Ya arriba, Bachué les dijo a sus hijos que se amaran los unos a los otros y pues todas las cosas que dice una madre antes de morirse, con la gravedad de que esta madre es la fundadora de toda la vida y de que Bachué no se murió. Aunque acá se ubique el origen de la vida, las rodillas, el frío y el cansancio en el rostro de la gente me dicen que aquí reside una vieja y fundamental hostilidad.

Sólo quiero huir.

Cuando asciendo a la piedra mirador no hay un solo centímetro mío que no esté helado, igual de helado que el paisaje. Desde abajo ves cómo lentamente la niebla se apodera de las montañas, arriba compruebas que los sentidos te engañan: es agua fría, y está furiosa. Duele cerrar las manos, arde el rostro. Quiero irme, de inmediato. De alguna forma hago un vídeo y tomo un par de fotos. De alguna forma porque sólo veo lluvia y niebla extenderse sobre el amarillo de los frailejones, sobre la lente de la cámara.

Más lluvia jugando inquieta con la superficie de la laguna. A pesar de ese juego violento entre viento y agua la laguna permanece inalterable, reposada. Como desde siempre ahí.

Llueve con más violencia. Doy media vuelta.

El camino hacia arriba medianamente seco no se parece nada al barrial inestable camino abajo. Heráclito no hablaba de un camino literal, me digo. Hostilidad y vida no son opuestos, sino lo mismo. Me detengo, pienso en el dolor de subir hasta allí, el dolor de estar ahí de pie, el dolor de tener que bajar. Sonrío y me siento a ver la montaña contigua.

Todo sucede según discordia.

Cerro de Iguaque ©Cristian “Conejo” Moreno

La laguna de Iguaque se encuentra situada en el santuario de flora y fauna Iguaque, sobre la cordillera Oriental, en sectores de los municipios de Tunja, Arcabuco y Villa de Leyva, en el departamento de Boyacá, administrado por Colparques (http://www.colparques.net/IGUAQUE)

La fotografía principal de este artículo fue tomada por Stephany Pinta.

Me gusta
mm

Cristrange

agrio

Agrega un comentario