Un cuento infantil para adultos

Un cuento infantil para adultos

Amar a Wes Anderson fue fácil. Molesto para muchos, su estilo definido por el uso estricto de la paleta de colores y los encuadres simétricos cada vez arriesga más. Su primera película Bottle Rocket (1996) fue una comedia estadounidense típica que escribió junto a su amigo Owen Wilson mientras estudiaba filosofía en la Universidad de Texas. No es un referente al estilo que hoy lo caracteriza pero sí deja ver su afición por los personajes deprimidos, cínicos y rebeldes, y constituye un cambio drástico entre sus primeras películas y lo que hace ahora. Con su reciente película Isle of Dogs (2018), la cual escribió junto a su ya recurrente colaborador Roman Coppola y a su amigo Jason Schwartzman, me agradó comprobar que Wes no es sólo estilo y una moda hipster: su particularidad está también en las historias que cuenta y especialmente en cómo las narra.  

En Moonrise Kingdom (2012) Wes narra en tono de cuento infantil cómo se escapan dos niños de 12 años para encontrarse y vivir su amor. Expresan su desesperación y odio por el mundo adulto como si tuvieran 30 y se desean sexualmente, con un tinte de inocencia. Él le da a sus personajes infantiles el carácter de un adulto con la excepción de que, por ser niños, expresan sin tapujos lo que quieren o piensan. En su reciente película sucede lo mismo. En un Japón del 2038, el corrupto alcalde Kobayashi de la ficticia ciudad de Megasaki -lo cual dado los últimos hechos no parece tan ficticia ni alejada del tercer mundo- ha realizado todas las artimañas para que se prolifere una gripe canina, exiliando así a todos los perros de la ciudad y entre ellos a Spots, el perro de su sobrino de 12 años Atari Kobayashi. Mientras todos dejan que manden a sus perros a la isla de la basura, Atari roba una avioneta Junior-Turbo Prop para rescatar a su mejor amigo. Después de este valeroso hecho, los niños en la ciudad inspirados por Atari son los únicos que reaccionan y actúan en contra de tal atrocidad con las criaturas más tiernas: los perros.

En su noveno largometraje, grabado en stop motion como lo hizo en Fantastic Mr. Fox (2009), recurre a elementos que ha usado antes pero que en Isla de perros están más depurados. Su narrativa cinematográfica hace sentir que nos están leyendo un cuento; no porque divide la película en capítulos y pone a narrar a  Courtney B. Vance, sino porque el montaje y la música sumergen al espectador en un ejercicio propio de cuando la mente lee un libro y deja volar su imaginación, buscando los detalles y creyendo que quien está en pantalla le está relatando los hechos al espectador. En este caso los humanos hablan japonés y no se traduce, siempre tienen un intérprete que nos mira y narra lo que en una pantalla dividida estamos observando. También el guión y la interpretación de quienes hacen las voces, que por cierto tiene una casting con lo mejor de Hollywood, nos hace sentir que los leemos con esos diálogos con tanto carácter y entonaciones pausadas como en el teatro. Siempre hay un doble juego entre literatura e imagen. Wes acompaña las imágenes de un relato que a veces debemos leer entre líneas, entre escenas y diálogos.

Hay una ambigüedad latente en sus películas porque en un plano dramático también hay uno cómico, y en una historia tierna en la que un niño hace todo lo posible para encontrar a su perro hay un trasfondo político que nos hace guiños. En Isla de perros nos ubicamos a la misma altura de los perros víctimas de un gobierno cuyos medios de comunicación lavaron el cerebro de los ciudadanos y les hicieron creer que era mejor despojarlos de sus mascotas que curarlas. De ellos, los exiliados e inocentes perros, no necesitamos traducción porque los entendemos, su situación es universal y se refleja en nosotros, en las problemáticas que vive el mundo. En cambio con los humanos, en este caso los nipones, sí necesitamos interpretación y a veces no la tenemos y no los entendemos, seguramente porque la mayoría de nuestras acciones no tienen coherencia. ¿Cómo es capaz un ser de abandonar a su amigo, de dejar que lo lleven a una isla llena de basura donde seguramente morirá de hambre? Como dijo Atari, ¿qué pasó con el mejor amigo del hombre?

Habría cosas más interesantes que decir sobre la película (que la técnica de stop motion usada está ya muy avanzada a comparación de su otra película animada, que siempre recurre a los mismos actores y ya hasta puedo reconocer las voces, que amo a Bill Murray aquí cuando hace de perrito del equipo de béisbol de una universidad japonesa, que además Greta Gerwig hace la voz de la niña de intercambio que se enamora de Atari y ayuda a iniciar la revuelta), en realidad sólo quería escribir sobre una película que fui a ver un día antes de unos catastróficos resultados para el país y de cómo los humanos, incluso en un mundo de fantasía como el de Wes, dañamos a inocentes. Aunque quería ver una película que no me hiciera pensar en la realidad, encontré una que me cuenta, como si yo tuviera siete años, la historia de un presidente delincuente que odia a los perros e invade la ciudad de gatos… ¡AH! Pero también de un niño valiente que lo cambia todo y de una manada de perros que en un mundo caótico y putrefacto se convierten en una familia.

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Viv.ácida

Amo la relación incestuosa entre el cine y la filosofía... Y los marranos.

2 comments

  • Fui anoche a ver Isle of Dogs y la amé. Es demasiado divertida. El uso de la cultura japonesa en la peli es bien provocativo, sobre todo esa forma de uso político de los haikú. Aunque no creo que se conviertan exactamente en una familia, la camaradería de los perros sí me parecen un mensaje de lucha para jóvenes y adultos.
    Gracias por tu reseña Vivian.