Chibcha Gritón: Notarías

Chibcha Gritón: Notarías

Alguna vez Papá me mostró sus documentos de bautizo, en una humilde parroquia cerca a Samacá. Era un documento que me hacía reminiscencias a la Constitución del 86 y otros documentos con caligrafía bella y marcos brillantes. En mis tiempos, los digitadores en fila se preparaban a horas de la mañana para trajinar sus Olivetti en medio de cuatro paredes forradas en pino entintado y cuadros de los próceres. Los selladores, con una gota de saliva movían más de quince documentos y con una mano operaban ambos sellos: el que aprobaba la firma, y el que traía la fecha consigo. Las Notarías eran un templo de ley donde el notario era autoridad y solo se veían colegas con maletines de cuero esperando con su Astor la llegada de sus certificados.

Hoy día las Notarías son unas casetas de fotocopias vanagloriadas.

Hace una semana me encontré con un colega del Colboy—uno de esos colegas bien godos, bañados de azul. El hombre vive con sus hijos cerca a Chapinero y me contaba sobre sus días en la Contraloría junto a los ‘’coreanos’’ que fueron contratados al volver del trágico desenlace en la Operación Bárbula del 53. También me contaba que su padre era notario y que recuerda esos tiempos cálidos, llenos de frutas y cielos despejados cuando ser hombre de leyes era ser protector del pueblo. Hacía poco que quería buscar una corrección a un dato delicado: una letra del nombre de su hija que al fallecer fue mal reportada por otra autoridad. Mientras me contaba cómo tenía que acudir a un abogaducho para algo tan sensible me di cuenta que esas instituciones perdieron los principios hace mucho. Mi colega no tuvo más reparo sino persuadir a otros veteranos para que eso saliera adelante, a costa de muchos riesgos para los pobres subordinados. Las notarías son de chanchullos y, al parecer, ahora también operan a través de las influencias.

De hecho, es una caseta de fotocopias con poder judicial.

Le di la razón—y eso que siempre le discuto su cercanía con ese conservadurismo oscurantista que eliminó a muchos, como a la familia de un viejo amigo allá en el Huila. ¡Esas notarías perdieron el respeto! Todas llenas de avisos que protegen la tercera edad y es a uno al que le toca ceder los puestos a las señoras que ya ni pueden caminar. Todas llenas de carteles mal escritos y llenos de errores ortográficos—impensables para un recinto a cargo de un abogado. Todas sin baños, sin ventilación, sin ventanas. Todas llenas de funcionarios indiferentes, regodientos y descorteses…

¡Buenos tiempos eran los de ir a charlar con el notario! De poder entablar una conversación con el de al lado en la sala de espera; de caminar en pasillos limpios y escuchar esa sinfonía de sellos, grapadoras y olor a tinto recién coladito. ¡Hoy en día nada es cortesía! Los baños cobran por una necesidad básica; las fotografías de los documentos son ilegibles; las huellas las aceptan torcidas; los turnos los gritan y nadie respeta las filas. ¡Tremendo dolor de cabeza es ir a manosear mi paciencia en una notaría, de encontrarme con los niños necios de todos, de los bebés ahogándose en ese aire dañino y de que el verdadero notario sea el celador de turno!. ¿Cómo es eso que el celador sabe más de los trámites que los mismos funcionarios? ¡El colmo del asunto!

Me tienen hasta la coronilla los notarios de ahora y sus aires de Magistrado. Los mismos que cambian de sede como si se tratara de una caseta de chapines o de un asadero ‘broster’. Esos que ahora solo ponen sellos con su firma, en lugar de usar la mano y la pluma—como los verdaderos representantes de la ley. Los mismos que hacen papeles amañados y no les quitan el derecho de representar la voz del país. Los que no se preocupan por la comodidad de los usuarios y dar un buen servicio al cliente. ¡Parranda de irresponsables! ¡Ojalá nadie les acepte la fotocopia de la cédula!

Son poquitas las notarías de prestigio. En esta época llena de computadoras y máquinas para todo, son pocas las que tratan con respeto a la gente y no les cobran por mirar. ¡Donde no hacen escándalo por los turnos en lugar de confiar en las filas y los puestos! Son pocas las que no llenan de publicidad y que no huelen a trapo mojado. Donde no lo mandan a uno a quejarse al mono de la pila cuando algo no sale bien.

Ya se fueron esos días gloriosos con las declaraciones en pluma, de los blasones llenos de lambrequines y esos altorrelieves superlativos que embellecen todo con el sello. También se fueron mis viejos y de ellos quedaron esos papeles. Pronto quedarán de mí unas hojas marcadas en Olivetti, y las otras en uno de esos aparatos láser. ¡Que al menos le pongan honor a las primeras, medias y últimas palabras y mensajes de nuestra existencia!

O bueno, que al menos le pongan el escudo.


El Chibcha Gritón es una semblanza de un rolo bien pensante que podría ser su tío, su abuelo, su padre, o cualquier otro ciudadano bien intencionado cuya sola existencia es ya una forma encarnada de la diatriba. ¡Escríbale sugerencias de temas en los comentarios! Que después de ir por su copia de su periódico de rayas rojas los lee todos y se pone a escribir.

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Camilo Calderón

Aquí un diseñador, fotógrafo y realizador audiovisual cachaco, melómano y trabajólico.

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