Carlos Rincón

Un día en la vida de un crítico cultural

Me despertaron a la una de la mañana a decirme que Carlos Eduardo Rincón Bolívar había muerto el 24 de diciembre, en su casa en Berlín. Apenas dormí esa noche y a la mañana siguiente empecé este texto. No sé si sea un homenaje, o un réquiem o qué sé yo. Voy a decir quién fue Carlos Rincón para mí, porque llegó a dar clase como profesor invitado al departamento de Filosofía de la Unal. Creo que hablo por varios miembros de la Revista (también filósofos, otro literato) al decir que Carlos Rincón era brillante y que lo recordamos con alegría.

Pero primero, su obra, luego lo demás.

I

En García Márquez, Hawthorne, Shakespeare & CO. UNLTD. (1994), Carlos Rincón hace un recorrido exhaustivo por Del amor y otros demonios, la penúltima novela de Gabriel García Márquez. Su prosa escurridiza aunque certera es un viaje de hipervínculos, hilados todos en modo autobiográfico; el crítico se sienta a leer la novela mientras se pregunta, al ver a su hija Valeria cantar temas del Rey León, el porqué de los libros que le tocaron de niño. Tras ofrecer el texto a su hija de once años, de quién ha obtenido las claves de lectura, Rincón traslada esa pregunta a los textos fuentes de la novela de García Márquez.

Le siguen 237 páginas de un viaje por la literatura, la crítica y la teoría literaria en las que Rincón procede de la misma forma en que cree que el autor procedió al escribir la novela. El prólogo, aunque convencional para la narrativa realista del s. XIX, esconde la clave de todo el ejercicio crítico: Del amor y otros demonios es la novela que es porque es una obra que comenta, parodia, reproduce y reinterpreta ciertas tradiciones de la novela moderna encarnadas todas en textos dispares de autores en el título y fuera del título del ensayo. Del amor y otros demonios re-escribe pedazos de Hawthorne, de la Vega, de Maupassant, del Amadís de Gaula, de El Quijote, de Hamlet.

Todas transposiciones que sirven a Rincón para armarse de motivos contra la vigencia y desuso de los instrumentos de análisis de una multitud de críticos a los que cita, refuta y confirma. Todo enmarcado en las indicaciones de Rincón que a lo largo del libro parodian las indicaciones de la novela realista. Al aterrizarlas en su propia cotidianidad, las anotaciones como ‘Después de este segundo fin de semana dedicado a Del amor…’, o ‘El día lunes lo ocupé a revisar…’ o ‘Mis pliegos con letras y fechas los debí retirar, al caer la tarde, de la cocina que había ocupado…’ y ‘Al día siguiente a las doce y catorce…’, pueden leerse como circunstancias proclives al pliegue y despliegue de las posibilidades referenciales del texto que se estudia [1]. A pesar de ser ficción, esas indicaciones en pretérito imperfecto, sumadas al uso constante del condicional, imprimen al texto el carácter de una investigación en curso. Para la muestra uno de los momentos cumbre del libro:

Del amor y otros demonios podía ser, por una parte, como textualidad interpretativa de las nuevas realidades contemporáneas, embate contradiscursivo a los preceptos imperiales acerca de la representación de las configuraciones de poder y de la experiencia cultural coloniales y poscoloniales […] Por otra parte, como réplica-reiteración dialógica del primer clásico de la literatura norteamericana, como reescritura de esa Foundational Fiction que representa The Scarlett Letter, la novela de García Márquez, en medio de la crisis de legitimación de los discursos, le daba alcances nuevos a la narrativa, buscando y entregando posicionalidad para el trabajo de los intelectuales. Por ello, cumple la tarea que Hawthorne se proponía en su prólogo, como de pasada: “Hacer levantar de esos huesos resecos una imagen del (resplandeciente) pasado de la ciudad, cuando la(s) India(s) era(n) una nueva región del mundo.” Y para eso Del amor y otros demonios acertaba a retocar a la “Monalisa de la literatura universal”, a Hamlet. (88-89)

Tómense un momento para releer ese fragmento. Tanto sacado de contexto como inserto en el mismo libro el párrafo nos regala la clave, yo creo, del libro y de muy buena parte del quehacer crítico de Rincón: junto a una exégesis del texto, el crítico extraía de la contraposición con su tiempo y con sus textos fuentes si no el lugar exacto de la novela en la historia de la literatura, al menos sí la descripción de sus posibles efectos. A esto se dedicaba Rincón con vocación histórica: a rastrear y determinar los efectos culturales efectivos y posibles de los textos literarios y filosóficos.

II

Al inicio eso no nos pareció nuevo. Acostumbrados a la exégesis y al eterno arte del comentario filosófico, mis compañeros y yo no recibimos con muy buenos ojos el proceder del profesor. Sin embargo, lo que hacía Carlos Rincón contrastaba con el ejercicio filosófico de lectura y escritura permanentes del departamento. Sus clases eran monólogos sobre las fuerzas culturales y reinterpretaciones en pugna alrededor de los textos fundamentales para la modernidad y la posmodernidad [2] .

Monólogos en los que a la crítica cultural se atravesaba la crítica literaria y los acontecimientos históricos que determinaron dichas lecturas en una especie de loop intra-extra textual que, a los ojos de nuestro ejercicio casi escolástico, resultaban un desvarío de viejo profesor, una especie de monólogo demiúrgico y erudito que creaba más problemas de los que resolvía o que para algunos ofrecía tanto menos que un buen paneo de ciertos temas en la wikipedia [3].

No hizo falta mucho tiempo para una interrupción, para que nos diéramos cuenta de lo fértil y estimulante de dichos monólogos: yo nunca vi a estudiantes de filosofía tan excitados a la hora de revivir viejos acontecimientos culturales (desde el Armory Show, pasando por la invención del modo de producción en serie y sus efectos en el arte, hasta las películas de Leni Riefenstahl y los albores de la Revista Mito) o a la hora de hablar de autores que difícilmente se encontraban o reunían en nuestros programas de lectura (Eduardo Caballero Calderón, Walter Benjamin, Nicolás Gómez Dávila, Roberto Bolaño, Hernando Téllez, Lyotard, Ramón Pérez Mantilla). Todo eso era parte de sus seminarios a los que nos acercamos al principio para liberarnos de lo escuelero y riguroso que a veces resultaban las demás clases, pero que de a poco nos dimos cuenta exigían otro tipo de precisión.

No hizo falta mucho para darnos cuenta que ante el comentario y la certeza del argumento, Rincón erigía oralmente mapas teórico-imaginarios de las posibilidades que los textos que él había estudiado, comentado o traducido habían abierto para otro tipo de narrativas y teorías. Publicado por la Javeriana junto a dos ensayos de Julián Serna Arango, Mapas, distopía, simulacro: El inmortal de Jorge Luis Borges, (2004) es un ejemplo claro de a qué me refiero.

En ese texto Rincón hace una lectura simultánea de los antecedentes del tema de los inmortales en la misma obra de Borges, un rastreo de los antecedentes de sus fuentes declaradas y al mismo tiempo exhuma textos de sus seudónimos y reconstruye el conocimiento del autor sobre el Imperio Romano. Todo esto para contrastarlo con la situación geopolítica del momento de la publicación del cuento, con el estado de la narrativa argentina de su tiempo y la filosofía de la diferencia al otro lado del Atlántico con la que Borges coincide.

Aunque el propósito del texto es situar a Borges en los albores de la narrativa posmoderna, situarlo como una especie de antecedente de Pynchon a la hora de erigir simulacros, logra muchísimo más. En tono directo, el montaje de Rincón muestra cómo las mil y una capas y alusiones del texto de Borges van erigiendo la deplorable, grandiosa y enigmática ciudad de los inmortales a partir de la superposición de cartografías imaginarias y las versiones que cada época se ha hecho de Homero, verdadero personaje del cuento.

Sin embargo, en síntesis tan apretadas, se escapa lo esencial. Dice Rincón:

Con el juego irónico de la ficción, El inmortal asume una situación de hecho. El humanismo tradicional no resistió la prueba a que lo sometió la Segunda Guerra Mundial, y los recursos legitimadores de la voluntad divina […] el destino de Occidente, habían sido consumidos. La civilización que se reclamó de Homero, lo que quedaba de ella, estaba siendo confrontada con la necesidad de encontrar bases nuevas para sus criterios éticos y sus juicios morales. (45)

De eso estaban repletas las clases de Rincón. No eran diagnósticos nuevos, es cierto, pero eran panoramas generales, situados históricamente, que hacían falta a muchas otras clases en el departamento de filosofía. Y mejor aún, no eran diagnósticos que el mismo Carlos Rincón mencionara en sus clases, eran diagnósticos clave que gracias a sus clases estábamos ahora en capacidad de comprender, y quizás algún día de formular.

III

Ya no para un diagnóstico sólo de la civilización europea y su declive, sino para el rastreo de cómo esto impactó nuestra propia realidad, Rincón logró como producto de su primera clase sobre estética en la Unal convocar estudiantes interesados para trabajar en un proyecto de libro. Al inicio, 2013 (si mal no recuerdo), se iba a llamar Vademécum de la estética moderna en Colombia. Empezó como una especie de ciclo de actualización y ubicación de textos colombianos del siglo XX en los que se hablaba o vislumbraban las ideas de la estética moderna en el país. Los autores ya son reconocidas cabezas de la ilustración criolla, citados y estudiados en varias antologías críticas y literarias.

Sin embargo, los textos escogidos por quienes muy rápido se instituyeron como el grupo de estudio en Pensamiento Colombiano no solo resultaban inéditos, también eran un conjunto particular de textos que resultaban inclasificables: las teorías de Hernando Téllez, un texto infinitamente trabajado por un viejo profesor de la Universidad Nacional, y variopintas incursiones en la estética moderna y contemporánea redactados entre 1940 y 1960 hicieron parte de la selección. La idea era que junto a la re-edición y publicación de esos textos, como alumnos realizáramos un comentario crítico.

Digo que se iba a llamar Vademécum, pero por cosas de horarios, coordinación y también por fortuna, no se pudo llamar de esa forma. Tras años de luchar no sólo con la maduración de los temas, sino con la edición, los textos, los permisos y la afortunada beca del Ministerio de Cultura que se ganó el proyecto, salió a la luz este año. Ahora se llama Fealdad, gracia y libertinaje. Estética y modernidad en el pensamiento colombiano (1940-1960) [4] .

Hablando con una de las autoras hace poco sobre el libro (yo le escribí para felicitarla por la publicación y por su texto que me resultó tan acertado como despiadado), llegamos a un momento de la conversación en que me dijo que el libro era una especie de hijo bastardo de Rincón. Es algo agresiva la descripción, pero no le falta verdad. Apenas he hojeado Íconos y mitos culturales en la invención de la nación colombiana (2014) pero recuerdo la tesis del profesor Rincón que creo es central en ese libro y que repetía buscando perplejidad de sus alumnos: ‘una noche de 1991 nos acostamos siendo un pueblo católico romano y apostólico, al día siguiente amanecimos siendo normativamente pluriculturales’. Ese espíritu de la frase, ese espíritu de ajuste de cuentas con nuestra propia historia lo comparte nuestro libro Fealdad, gracia y libertinaje.

Los autores usamos nuestra formación toda, no sólo las pautas o los panoramas de Rincón; nuestras lecturas de Kant, de Bataille, de Nietzsche, de Sade, de Ortega y Gasset pero sobre todo, porque los textos a comentar lo exigían, una relectura de la historia intelectual del país. El resultado es un volumen de comentarios agudos que buscan hacerle justicia a las particularidades, desatinos y aciertos de los textos escogidos.

***

Ya no quiero decir mucho porque esto se está poniendo muy largo. Ojalá estas reseñas sirvan para… no sé, mostrar gratitud, sí. Que sirva para dar las gracias al profesor Rincón que, la verdad, fue el mejor amigo que como estudiante de filosofía pude tener. Yo esperaba volver a tomar alguna clase otra vez con él, y verlo entrar con su catéter de Pony Malta para oírlo monologar de nuevo (ahora que lo pienso lo vi muchas veces comiendo galguerías).

Ojalá haya muerto de forma pacífica. La nota de El Espectador que registra su deceso dice al inicio que ‘murió en su casa en la Hortensienstrasse de Berlín’. La calle de las hortensias… o algo así. Que este texto sea, pues, una de esas flores.

Gracias profe.


1. ¿Cómo es un día en la vida de un crítico cultural?’ Preguntaba una despistada entrevistadora de la Deutsche Welle a Carlos Rincón. No recuerdo la respuesta del profesor y, aunque la entrevista está desaparecida de las redes, quiero recordarla porque Rincón ya había respondido a esa pregunta desde finales del siglo pasado con el libro que estoy reseñando: aunque ficticia, la respuesta no es solo sobre un día de su vida, sino sobre un mes entero.

2. Se tornaban monólogos, a pesar de la disposición constante de Rincón para asimilar, debatir o introducir en la dinámica de las clases, las propuestas de los estudiantes. Yo, personalmente, quedaba mudo… y tomaba nota.

3. Acuñando el mote con que se hacía referencia a él en algunos círculos de estudiantes en los que era conocido como el profesor Wikipedia. Lo que me emberraca porque la Wiki es increíble y, la verdad, los monólogos de Rincón eran mejores.

4. No digo mucho del origen del libro porque el profesor Rincón escribió para éste un postfacio, por igual agrio e inundado de pertinentes referencias y problemáticas, con la génesis toda del proyecto, y pues yo no fui editor sino autor.

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mm

Cristrange

agrio

1 comentario

  • Lo que más me gusta de tu texto es la simpleza, y profundidad, con que encontraste una definición para Rincón: crítico cultural. No sé si te tomó tiempo encontrar el adjetivo, o si lo encontraste al paso… En todo caso, lo considero afortunadísimo: no es disciplinar y conjuga praxis y teoría: crítica y cultura.

    Gracias por el texto y un abrazo, compa.